Flavia Sarquís, especialista en Coaching Educacional, propone revisar el rol docente y transformar el agotamiento de fin de año en una oportunidad de bienestar. A través del lenguaje, la flexibilidad y la gestión emocional, invita a diseñar una escuela más habitable.
El cierre del año escolar suele llegar con una carga emocional y laboral que desborda. Evaluaciones, actos, informes, balances, despedidas. Para el colectivo docente, este tramo final del calendario educativo se vive muchas veces como una cuesta empinada, donde el cansancio acumulado se mezcla con la presión de “cerrar bien” y la sensación de que nunca es suficiente.
Flavia Sarquís, especialista en Coaching Educacional, propone mirar este momento desde otra perspectiva. “Los docentes siguen trabajando como siempre. Incluso dicen: ‘Esto siempre lo hice así’. Pero en una realidad que no es la de siempre. Y esto genera desconcierto, esto genera frustración… porque el ‘siempre’ ya no alcanza para la escuela de hoy”, advierte.
Desde su enfoque, el coaching educacional ofrece herramientas para revisar el rol docente, las conversaciones internas y los modos de habitar la profesión. “Desde el coaching siempre vamos a decir que las conversaciones, el lenguaje que utilizamos es el que va a diseñar la realidad que habitamos. Nosotros podemos trabajar justamente la transformación de la realidad a partir de un cambio en el lenguaje y en los modos de mirar”, explica.
En ese sentido, Sarquís identifica tres acciones transformadoras que pueden ayudar a transitar el cierre del año con mayor bienestar: redefinir los propósitos para evitar repetir patrones que ya no funcionan, utilizar la agenda como una herramienta de cuidado flexible —y no como una cárcel de tareas—, y soltar la autoexigencia y el control para recuperar el disfrute en la profesión.
La autoexigencia, dice, es uno de los grandes obstáculos para el bienestar docente. “Cuando el control predomina, desaparece la alegría, el disfrute, el asombro, la satisfacción”. Esta mirada no implica desentenderse de las responsabilidades, sino más bien asumirlas desde un lugar más humano y sostenible. “Elegir las batallas, chicos, docentes, colegas, elegir las batallas que queremos dar. Y hacer una valoración de fin de año recuperando lo mejor que nos pasó. No solos: con mi equipo, si soy directivo; con mis compañeros de trabajo y con mis estudiantes”, propone.
El coaching educacional, en este marco, se presenta como una invitación a recuperar la agencia, a revisar las creencias que sostienen el hacer cotidiano y a diseñar nuevas formas de estar en la escuela. Porque, como recuerda Sarquís, “el lenguaje que usamos no solo describe lo que vivimos: también crea lo que viene”.
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