En diálogo con Gabriel Cartaña, exploramos cómo el estrés docente puede abordarse desde la gestión emocional y la revisión de expectativas. Una invitación a soltar el mito del control y habitar el rol con humanidad y flexibilidad.
El licenciado en psicología clínica Gabriel Cartaña propone abordar el habitual burnout que sufren los docentes hacia fin de año desde la distinción entre lo que puede trabajarse y lo que no. Según ejemplificó, el bajo salario, la cantidad de alumnos, son causas externas de estrés que no están precisamente en manos del docente. Pero las expectativas irreales, la autoexigencia, son motivos internos que pueden ser trabajados.
“La suma de causa (externas) y motivos (internos) puede generar estrés. El psicólogo trabaja los motivos porque si viene un paciente o una docente estresada, yo no voy a poder hacer nada para aumentarle su salario… Pero sí puedo cambiar el nivel de exigencia que tiene con ella misma y con su trabajo o las expectativas que ella pone. Tal vez pretenda que todos sus alumnos terminen siendo pequeños Einstein. Y no es cierto. Tal vez ahí está poniendo expectativas irreales en sus alumnos. Entonces lo que va a pasar es que se va a frustrar, y se va a estresar. Sobre esas cosas trabajamos, sobre las causas no”, explica.
La clave, según Cartaña, está en revisar las expectativas internas y soltar la idea de perfección. Frente a la presión de “poder todo” o “saber todo”, invita a pensar en la excelencia como un horizonte más humano. “Lo que sí tenemos que tratar de alcanzar o de buscar no es la perfección, sino la excelencia. Y la diferencia entre la perfección y la excelencia es que la excelencia es, ¿qué es lo mejor que yo puedo ser hoy?”, señala.
Esa excelencia no implica una carrera interminable hacia la superación diaria. Cartaña enfatiza que no se trata de rendir cada vez más, sino de aceptar la variabilidad de la vida. “¿Por qué todos los días tengo que ser mejor? Si yo hoy rendí al 70 por ciento, mañana rindo al 80, y pasado rindo al 60. Porque dormí mal, porque me duele la panza, porque estoy preocupado. Esta cosa de siempre superarse, siempre ser mejor: yo tengo que ser lo mejor que puedo hacer en el día que me toca. Punto. Y con esto, tengo que estar satisfecho.”
Otro mito que cuestiona es el del docente que debe saberlo todo. Para él, hay tres tipos de educadores: el que, por no saber, no enseña lo mínimo que debería; el que pretende transmitir absolutamente todo lo que sabe; y el buen docente, que reconoce qué es lo pertinente que debe ser enseñado. En esa diferenciación se juega la posibilidad de un rol más claro y menos desgastante.


