Barbijos conversacionales: cómo recuperar una mirada propia sobre la escuela

Barbijos conversacionales: cómo recuperar una mirada propia sobre la escuela

Las conversaciones cotidianas también construyen nuestra percepción de la escuela, de los estudiantes y de nuestra propia tarea. La especialista en Coaching Educacional Flavia Sarquís propone desarrollar un criterio para elegir qué voces dejamos influir en nuestra mirada, sin confundir autonomía con aislamiento.

No tenemos barbijos conversacionales. No existe un filtro que nos proteja de todo aquello que escuchamos cuando hablamos con otras personas. Sin embargo, las conversaciones no son inocuas: pueden modificar nuestro estado de ánimo, nuestra manera de interpretar una situación e incluso hacernos dudar de aquello que hasta entonces considerábamos cierto.

La especialista en Coaching Educacional Flavia Sarquís utiliza esta metáfora para pensar cómo los docentes construyen su mirada sobre la escuela y sobre su propia tarea. En un contexto educativo atravesado por transformaciones profundas, distinguir qué conversaciones nos aportan y cuáles terminan condicionando nuestra percepción puede ser una herramienta para recuperar capacidad de elección.

Cuando la mirada de otros empieza a ocupar la propia

La influencia de las conversaciones cotidianas puede resultar especialmente visible después de una experiencia positiva. Sarquís ejemplifica la situación con los espacios de formación: un docente participa de una capacitación, un congreso o una jornada y vuelve con nuevas ideas, entusiasmo y ganas de llevarlas al aula.

Pero al compartir esa experiencia con otros, pueden aparecer rápidamente las objeciones: qué pasará con las familias, si las autoridades acompañarán, si los demás docentes estarán dispuestos a trabajar de esa manera o si las condiciones reales de la escuela permitirán hacerlo.

Sin que necesariamente exista una intención de desalentar, aquello que había sido una experiencia motivadora puede empezar a quedar opacado por las creencias y temores de otras personas.

Esto no significa que la respuesta sea dejar de escuchar a los demás. Por el contrario, Sarquís advierte que recuperar una mirada propia no implica reforzar el individualismo. La construcción de una comunidad docente capaz de inspirarse mutuamente también resulta necesaria.

La cuestión está en poder escuchar esas voces sin permitir que determinen por completo la propia interpretación de la realidad.

Habitar una escuela que ya cambió

Esta capacidad de revisar la propia mirada adquiere especial importancia en un sistema educativo que atraviesa una transformación profunda. Para Sarquís, los docentes tienen una larga experiencia adaptándose a cambios, pero la situación actual plantea algo diferente.

“Estamos en un proceso profundo de transformación”, sostiene. La escuela que surgió después de la pandemia no es exactamente la misma que existía antes de ella, aunque muchas prácticas y concepciones continúen ancladas en aquel modelo.

El desafío, entonces, no consiste solamente en incorporar una nueva herramienta, una metodología o una tecnología. Se trata de aprender a habitar una escuela atravesada por nuevas demandas, nuevas formas de relacionarse y una diversidad cada vez más visible.

En ese escenario también aparecen el miedo y la incertidumbre. El temor a no estar a la altura de los nuevos desafíos puede alimentar discursos de imposibilidad: aquello no funciona, no se puede hacer, las condiciones no están dadas.

Pero reconocer ese miedo no significa invalidar los problemas que lo generan.

Sarquís señala que existen reclamos concretos, condiciones laborales y educativas que necesitan ser transformadas y demandas que merecen ser escuchadas. El problema aparece cuando la queja deja de funcionar como punto de partida para convertirse en un lugar permanente.

De la queja a la posibilidad de acción

La diferencia está en qué hacemos después de reconocer aquello que no funciona.

Para la especialista, una de las preguntas capaces de devolver protagonismo al docente es sencilla: ¿qué sí puedo hacer yo con la realidad que tengo hoy?

No se trata de desconocer las dificultades ni de responsabilizar individualmente a quienes trabajan en escuelas atravesadas por problemas estructurales. Se trata de recuperar un margen de acción dentro de una realidad que no siempre puede modificarse de manera inmediata.

Esa mirada también puede transformar la manera de abordar otros desafíos educativos. La inclusión, por ejemplo, requiere reconocer que un aula no está compuesta por un grupo homogéneo al que ocasionalmente se suma un estudiante diferente, sino que la diversidad forma parte de cualquier grupo desde el comienzo. Del mismo modo, la formación docente puede necesitar menos recetas aplicables a cualquier contexto y más espacios para revisar el propio rol, las concepciones sobre la enseñanza y las preguntas que se proponen a los estudiantes.

En ambos casos, el punto de partida es similar: cambiar la mirada para poder cambiar la manera de actuar.

Y allí las conversaciones vuelven a tener un papel central. Los equipos directivos, los colegas y las comunidades educativas pueden convertirse en espacios que generen confianza y acompañamiento, en lugar de reproducir únicamente discursos de temor o resignación.

No podemos controlar todo lo que circula alrededor nuestro. Tampoco podemos decidir de antemano qué conversaciones vamos a escuchar. Pero sí podemos desarrollar un criterio para reconocer cuáles queremos incorporar como parte de nuestra propia mirada.

Quizás, en definitiva, se trate de construir ese “barbijo conversacional” que no existe como objeto: un criterio que nos permita escuchar a otros, aprender de ellos y construir comunidad sin dejar que sus miedos, certezas o límites definan por completo lo que pensamos sobre la escuela, nuestros estudiantes y nuestra propia tarea.

Como sintetiza Sarquís: “Si no tenemos barbijos conversacionales, tendremos que desarrollar un criterio para elegir qué conversaciones quiero respirar”.

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