La especialista en educación inicial defendió la especificidad pedagógica del nivel, la formación profesional de sus educadores y la importancia de sostener los principios irrenunciables que orientan la enseñanza en las primeras infancias.
El Nivel Inicial tiene una identidad pedagógica propia que debe ser reconocida y fortalecida dentro del sistema educativo. Así lo planteó Laura Pitluk, especialista en educación inicial, asesora de instituciones y especialista en Didáctica egresada de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Durante su participación en Asuntos Docentes, abordó los desafíos de la enseñanza en las primeras infancias. También destacó la necesidad de superar las concepciones que reducen esta etapa a una preparación para la escuela primaria o a un espacio dedicado exclusivamente al cuidado y al entretenimiento.
“Es un nivel con identidad propia que tuvo un largo recorrido para definirse como nivel con identidad propia. Que no es una preparación para niveles posteriores”, sostuvo Pitluk. En esa prespectiva, la educación inicial cuenta con saberes específicos que tienen la misma importancia que los demás niveles educativos. Esto significa que requiere propuestas pedagógicas acordes con sus características y propósitos.
La especificidad pedagógica y la formación docente
La especialista destacó la necesidad de reconocer las particularidades de los dos ciclos que integran el Nivel Inicial: el Jardín Maternal y el Jardín de Infantes. Aunque ambos deben constituir una continuidad pedagógica, sus características y recorridos históricos son diferentes. El primero surgió de una matriz más vinculada con lo asistencial. Mientras que el segundo desarrolló una tradición centrada en la socialización, el juego y la enseñanza de saberes específicos.
Para Pitluk, esa distinción no debe traducirse en una jerarquización entre ambos espacios. Sino en una valoración de sus respectivas identidades y de la tarea educativa que se desarrolla en cada uno. En ese sentido, cuestionó las miradas que desvalorizan el trabajo docente en las primeras infancias, incluso si vienen de los propios trabajadores. Miradas que a veces llevan a verse como “los educadores de la goma eva y las cintitas”. sin reconocer los conocimientos que requiere la planificación de propuestas significativas para las infancias.
“Para mi gusto, cuanto más pequeños son los alumnos y alumnas, más hay que saber para poder enseñarles, para poder sostenerlos y acompañarlos”, señaló. La formación teórica y didáctica constituye, desde esta perspectiva una condición fundamental para responder a las necesidades de las infancias y desarrollar la estrategia de enseñanza adecuada para cada etapa.
Los irrenunciables de la enseñanza
La defensa de la identidad del Nivel Inicial se relaciona directamente con la intencionalidad pedagógica que debe orientar las decisiones de los educadores.
“El educador de nivel inicial, el educador tanto de jardín maternal como de jardín de infantes tiene la función de enseñar porque la intencionalidad pedagógica debe estar presente en cada decisión, en cada acción”, explicó. Y agregó que “el problema no es si se enseña o no se enseña, sino desde qué modalidad se enseña para que esa enseñanza sea adecuada y oportuna a las diferentes etapas”.
Desde esa posición, cuestionó tanto las propuestas mecanicistas, basadas en la repetición de actividades estereotipadas, como aquellas que transforman la tarea pedagógica en una sucesión de entretenimiento sin una finalidad educativa clara. La enseñanza, planteó, necesita tener sentido y significado, en lugar de limitarse a la reproducción de procedimientos o a la búsqueda constante de sorpresas.
Estos principios forman parte de los planteos que desarrolla en su libro “Los irrenunciables de la educación inicial”, publicado por Homo Sapiens en 2024. La obra reúne reflexiones sobre los aspectos de la tarea educativa que deben sostenerse para garantizar una enseñanza fundamentada, con criterios claros y atenta a las necesidades de las infancias.
Pitluk explicó que la idea de los irrenunciables surgió de discusiones previas sobre los aspectos negociables y no negociables de la práctica docente. Sin embargo, el término adquirió una fuerza particular porque expresa aquello a lo que los educadores no deberían renunciar. Se trata de principios que atraviesan la planificación, la evaluación, el currículum, el rol docente y las propuestas de enseñanza.
El trabajo docente y el cuidado de los educadores
La especialista también advirtió sobre las dificultades que generan las modas pedagógicas cuando se presentan como soluciones mágicas y universales, y se adoptan sin una reflexión crítica. A su entender, la solidez de la formación profesional y el trabajo colectivo permiten fundamentar las decisiones institucionales y evitar que los cambios de denominación o las disputas entre adultos desplacen el propósito central de la escuela.
En ese marco, destacó que la responsabilidad educativa no se limita a quienes están directamente frente a las salas, sino que involucra a los distintos integrantes de los equipos institucionales. La construcción de una educación de calidad requiere colaboración, compromiso y condiciones que permitan sostener la profesionalidad de quienes trabajan con las primeras infancias.
En palabras de Pitluk, “los docentes necesitan que los cuidemos. Los educadores necesitan, igual que las infancias, ser cuidados. Ser protegidos. Ser albergados para poder sostener la propia esperanza y la propia profesionalidad”.

