Frente a la presión que sienten muchos estudiantes al llegar al final de la secundaria sin saber qué camino elegir, Romina Cariati propone pensar el proyecto de vida como un proceso que comienza mucho antes de la elección de una carrera, y que tiene al autoconocimiento como punto de partida.
Los estudiantes de los últimos años del nivel secundario llegan al final de su trayectoria con una sensación de que el tiempo se acaba. Deben decidir qué estudiar, a qué dedicarse o qué hacer de sus vidas sin estar seguros de nada. Para Romina Cariati, esa sensación de apremio revela una concepción limitada de los proyectos de vida. La autora del libro Proyectos de vida en la escuela, es además licenciada en Educación y especialista en políticas socioeducativas. Y sostiene que construir un proyecto de vida requiere aprender a conocerse, reconocer los deseos propios y desarrollar herramientas para tomar decisiones.
Un proyecto de vida empieza por conocerse
“Un proyecto de vida no es solamente elegir una carrera”, planteó Cariati. Según detalló, la construcción de un proyecto con sentido requiere atravesar procesos de introspección, autoconocimiento y reflexión que deberían formar parte de toda la escolaridad.
La especialista contó que la preocupación surgió al observar particularmente a los estudiantes de los últimos años del nivel secundario. Muchos llegan a esa instancia sintiendo que “llegan tarde”. Creen que su deber es terminar la escuela sabiendo qué quieren ser, elegir una carrera universitaria definitiva o iniciar su propio emprendimiento. Aunque todavía no tienen claridad sobre sus propios intereses.
Frente a esta presión, la autora propone desplazar la pregunta de “¿a qué me voy a dedicar?” hacia preguntas que permitan construir una identidad y reconocer las propias capacidades. Conocerse implica identificar aquello en lo que cada estudiante es bueno, aquello que quisiera mejorar y las herramientas que puede desarrollar para hacerlo.
En ese sentido, el proyecto de vida también involucra los vínculos. También la manera en que cada persona se habla a sí misma, la gestión de las emociones y la capacidad para establecer metas. Son aprendizajes que pueden ayudar a los estudiantes no solamente a tomar una decisión, sino también a adaptarse cuando las circunstancias cambien.
“Para poder decidir quiénes queremos ser tenemos que saber quiénes somos hoy también”, resumió la autora. El autoconocimiento, explicó, permite reducir parte de la incertidumbre porque ofrece un punto de partida desde el cual pensar las posibilidades al alcance y tomar decisiones.
Por eso, un proyecto de vida no debería entenderse como un destino fijo. “Un proyecto de vida sólido está rodeado de un aprendizaje continuo”, sostuvo Cariati. En un contexto atravesado por transformaciones sociales, laborales y tecnológicas, contar con herramientas para revisar las propias decisiones puede ser tan importante como haber elegido inicialmente un camino.
La escuela, un espacio para construir el futuro
Si la construcción de un proyecto de vida requiere autoconocimiento, entonces la pregunta también alcanza a la escuela para entender cuándo comienza ese proceso.
Para Cariati, la respuesta es mucho antes de los últimos años de la secundaria. El autoconocimiento y el desarrollo de habilidades para la vida deben trabajarse desde el nivel inicial y profundizarse de manera progresiva y transversal a lo largo de las distintas etapas educativas. Aunque esto no implica hablar del futuro profesional desde el principio.
La propuesta de la especialista supone reconocer uno de los recursos más valiosos que puede ofrecer la escuela: la pausa. “Uno de los valores más importantes de la escuela es algo que a veces se dice mucho, pero se hace poco, que es la pausa. El valor de la pausa. La pausa para pensar, para pensarnos, para poder encontrarnos”, explicó.
En medio de las exigencias cotidianas, generar espacios sistemáticos para reflexionar sobre lo que se siente, reconocer capacidades, plantearse objetivos y aprender a gestionar las emociones también constituye una forma de enseñar. Sin embargo, esos momentos muchas veces quedan relegados o aparecen recién durante el último año de la secundaria, vinculados a algún taller o espacio de orientación vocacional que resulta insuficiente. “Muchas veces este espacio no está”, advirtió Cariati. Y parte del desafío, justamente, consiste en encontrar maneras de incorporarlo.
Más que una decisión, una oportunidad para crecer
Esto también implica acompañar a los estudiantes frente a la frustración y enseñarles que equivocarse, modificar una estrategia o incluso cambiar de rumbo no significa haber fracasado. La escuela puede brindar herramientas y habilidades para que cada estudiante pueda proyectarse, pero también para que pueda volver a hacerlo y reinventarse cuando las circunstancias lo exijan.
De esta manera, acompañar un proyecto de vida no significa decirle a cada estudiante qué debería hacer con su futuro. Significa ofrecerle oportunidades para descubrir su potencial, reconocer sus deseos y desarrollar recursos para construir sus propias respuestas.
El espíritu que Cariati busca transmitir con su libro también se encuentra allí: “Poder ayudarlos a que sean la mejor versión de ellos mismos”. Para la autora, la escuela tiene un papel clave en ese proceso, especialmente porque se trata de conversaciones que no necesariamente encuentran un espacio en todos los hogares. Abrir ese espacio también es una forma de acompañar a los estudiantes en la construcción de sus futuros.

