La irrupción de la Inteligencia Artificial generativa obliga a revisar las prácticas evaluativas que ya mostraban sus límites. Para Graciela Favilli, el desafío no es encontrar nuevas formas de controlar a los estudiantes, sino recuperar la evaluación como una instancia de aprendizaje, producción y construcción de confianza.
Con la masificación de la IA como herramienta en el aula, se puso en evidencia una tensión que la escuela arrastra desde hace tiempo: ¿la evaluación debe servir como mecanismo de control de lo que aprendieron los estudiantes o como una forma de acompañar y fortalecer sus aprendizajes? Para Graciela Favilli, Licenciada en Ciencias de la Educación, Especialista en Didáctica y Formadora de Docentes, la pregunta adquiere una dimensión diferente a partir de la masificación de estas tecnologías. En su libro La evaluación de los aprendizajes en jaque, propone revisar el sentido de las prácticas evaluativas frente a un escenario en el que algunas de las estrategias tradicionales de control dejaron de ser efectivas.
Una batalla perdida que abre una oportunidad
La discusión sobre la evaluación formativa y la evaluación como control no es nueva. Sin embargo, Favilli sostiene que la Inteligencia Artificial Generativa lleva esa tensión preexistente a un nuevo lugar. Con la masificación del acceso a esta herramienta, intentar comprobar si un estudiante realizó por sus propios medios una determinada producción ya no resulta una estrategia viable.
“Pedirle a un estudiante que haga un informe o un resumen, no tiene sentido. Porque se lo va a pedir a una Inteligencia Artificial Generativa, y se lo va a hacer mejor”, planteó.
La propia experiencia de Favilli y otros colegas buscando herramientas capaces de distinguir entre producciones humanas y textos generados por IA reforzó esta conclusión. Frente a las dificultades para establecer ese control, insistir en detectar quién hizo qué puede convertirse en una batalla perdida.
Pero la especialista no plantea este escenario como el final de la evaluación. Por el contrario, lo presenta como una oportunidad para transformar prácticas que ya necesitaban ser revisadas. “La Inteligencia Artificial es una revolución. Es una revolución tecnológica, pero es una revolución de pensamiento”, afirmó.
De la prueba como control a la producción como aprendizaje
Repensar la evaluación también supone revisar qué se les pide a los estudiantes. Para Favilli, una alternativa está en diseñar prácticas genuinas, vinculadas con problemas reales y con las formas de producción propias de cada campo del conocimiento.
“Las prácticas más genuinas son aquellas que ponen las consignas en contextos reales”, explicó. En ese sentido, el objetivo es “recontextualizar en el campo del saber aquello que el currículum descontextualiza”, y plantear desafíos complejos que no tengan necesariamente una única respuesta.
Esta mirada también permite revisar la idea de la prueba como evidencia aislada de un aprendizaje. Favilli advierte que una evaluación puede arrojar un resultado aparentemente satisfactorio sin demostrar que ese conocimiento haya sido apropiado de manera profunda. También puede ocurrir lo contrario: que una prueba o producción no alcance para mostrar los procesos cognitivos que el estudiante desarrolló.
Por eso, la especialista propuso empezar a pensar en términos de producciones y procesos, más que de pruebas entendidas únicamente como mecanismos de comprobación.
La transformación alcanza incluso al momento posterior a la evaluación. La devolución, señaló Favilli, no debería reducirse a una calificación, una marca o una corrección. “La devolución debería pensarse como una nueva clase”, expresó. En su perspectiva, este momento de diálogo es una oportunidad para que el docente ofrezca información valiosa para que el estudiante pueda continuar aprendiendo.
En ese cambio también aparece una dimensión central: la confianza. Si el control absoluto ya no es posible, la relación pedagógica no puede construirse sobre la sospecha permanente. Del otro lado de la evaluación no hay simplemente alguien a quien hay que controlar, sino un sujeto con quien construir un vínculo de enseñanza.
La transformación que plantea Favilli, en definitiva, comienza con una pregunta sobre el sentido de enseñar y aprender, más allá de los avances tecnológicos. “El mensaje es volver a conectarnos con aquello que nos llevó a ser docentes”, sostuvo. Y, sobre todo, recordar que los estudiantes son el sentido de esa tarea.
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