Desde la mirada del Coaching Educacional, Flavia Sarquís propone planificar los últimos minutos del encuentro como un momento estratégico para que los estudiantes se pregunten, conecten saberes y proyecten aprendizajes futuros.
“Desde mi punto de vista lo que hace la diferencia es el modo en que cerramos una clase”, afirma Flavia Sarquís, especialista en Coaching Educacional y columnista habitual del programa Asuntos Docentes. En su propuesta, el cierre no es un trámite ni un accidente del timbre, sino un momento estratégico que puede dejar huella en el aprendizaje.
La Coach advierte que muchas veces las clases se cierran por factores externos: un preceptor que interrumpe, un docente que espera en la puerta, el sonido que marca el fin del turno. “A veces cerramos la clase y a veces se nos cierran las clases”, señala. Frente a esa dinámica, Sarquís invita a recuperar el protagonismo docente y convertir el cierre en una instancia pedagógica consciente.
Pensar el cierre con propósito
Desde la perspectiva del Coaching Educacional, el final de la clase puede ser una oportunidad para mirar hacia atrás, reflexionar y proyectar. “El valor pedagógico absoluto que tiene ese momento es poder mirar hacia atrás”, sostiene. Para eso, propone revertir el final apresurado y planificar cinco minutos reales dedicados a la metacognición.
En ese breve lapso, la especialista sugiere incorporar tres preguntas clave:
- ¿Qué hice hoy para aprender?
- ¿Cuáles fueron los conocimientos que me resultaron más fácil y qué me resultó más difícil?
- ¿Qué estrategias sirvieron o cuáles podría modificar?
Estas preguntas, que pueden adaptarse a todos los niveles educativos, permiten activar la reflexión y documentar el proceso. “Desde la mirada del coaching educativo, el cierre nos va a conectar con nuestra banderita de la reflexión”, dice Sarquís, apelando a una metáfora que condensa su enfoque.
Además de favorecer la conciencia pedagógica, el cierre puede habilitar la voz de los estudiantes. “Nos va a permitir, a su vez, dar voz a los estudiantes, algo que tanto nos cuesta”, reconoce. Actividades de salida que impliquen escritura o expresión personal pueden generar una interacción más íntima, donde los estudiantes se animan a compartir.
En suma, pensar el cierre como una apertura a nuevos aprendizajes implica encender la conciencia de lo aprendido y proyectar lo que vendrá. “Creo que, desde el coaching educativo, que es básicamente apegarnos a una educación más humana, esta es una forma de volver protagonista a los estudiantes. Nos vuelve protagonistas a los educadores. Y probablemente nuestras clases empiecen a dejar un poquito más de huella”, concluye Sarquís.
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