La especialista en educación Rebeca Anijovich reflexionó sobre los desafíos de enseñar en aulas heterogéneas. Además, propuso un enfoque posible, realista y centrado en el vínculo, tal como plantea en su libro Abrazar la diversidad en el aula.
La pregunta sobre cómo enseñar en aulas heterogéneas sin dejar a nadie atrás ocupa un lugar central en el contexto educativo actual. En ese marco, la profesora en Ciencias de la Educación y Psicología, Rebeca Anijovich, dialogó con Asuntos Docentes sobre correrse de la lógica de la homogeneidad para construir prácticas más inclusivas, sin perder de vista las condiciones reales en las que trabajan los docentes.
Del modelo homogéneo al vínculo como eje pedagógico
La propuesta que desarrolla el libro Abrazar la diversidad en el aula, que Anijovich escribió en colaboración con Cecilia Cancio y Mariana Ferrarelli, no parte de escenarios abstractos e ideales. Por el contrario, se apoya en la experiencia concreta de las aulas latinoamericanas, donde los cursos numerosos y las condiciones laborales complejas son la norma.
En este sentido, Anijovich plantea un cambio de enfoque: dejar de pensar la diversidad como un problema a gestionar para comenzar a entenderla como una oportunidad para construir vínculos más significativos. “Nosotros estamos viviendo en un mundo bastante, te diría, poco empático. Un mundo bastante poco contenedor en términos de los vínculos, de la solidaridad. Y la idea de abrazar tiene que ver con eso, ¿no? Con incluir al otro, con vincularse con el otro. No solo cognitivamente o intelectualmente, sino también afectivamente. Y la escuela es el lugar ideal para eso”.
Este “abrazo” implica reconocer que cada estudiante tiene algo valioso que aportar y que la tarea docente no puede reducirse a transmitir contenidos de manera uniforme. Sin embargo, la especialista aclara que no se trata de diseñar una propuesta individual para cada alumno, algo inviable en la práctica cotidiana.
“La propuesta nunca vino de la mano de grupos pequeños. Porque en nuestro país, los países vecinos, Latinoamérica, siempre los cursos son numerosos. Y siempre las condiciones de trabajo de los docentes son complejas. ¿No? Digo, nunca partimos de que somos Finlandia, o que somos Noruega. Sino mirando nuestros contextos, y mirando nuestras posibilidades. Y siempre buscando esa idea de ‘algún camino posible’. Ni el ideal, ni el único, ni el mejor, sino el posible”.
Desde esa perspectiva, el desafío consiste en romper con el modelo homogéneo ofreciendo alternativas que habiliten la elección. Por ejemplo, trabajar con distintos materiales o propuestas dentro de un mismo eje, de modo que los estudiantes puedan acercarse al contenido desde diferentes recorridos. Se trata, en definitiva, de dar “unos pasos” hacia prácticas más inclusivas sin perder de vista las condiciones reales del sistema.
Evaluar procesos: múltiples evidencias para comprender el aprendizaje
El segundo eje central de la propuesta se vincula con la evaluación, entendida no como un momento aislado sino como parte constitutiva del proceso de aprendizaje. Para Anijovich, evaluar implica visibilizar los recorridos individuales de los estudiantes y reconocer que no todos aprenden ni se expresan de la misma manera.
“Nosotros siempre trabajamos con esta idea. En realidad, con dos ideas. La primera es permitirle a los estudiantes que muestren de diferentes maneras lo que aprendieron. No debiera haber una única manera. Hay que pedirle a los estudiantes evidencias escritas, orales, individuales, grupales, de observación. Porque algunos son muy buenos escribiendo. Pero si vos les pedís algo oral, no les va bien. Entonces, reunir variedad de evidencias de aprendizaje”.
Este enfoque busca superar la lógica de la evaluación única y estandarizada, que muchas veces invisibiliza capacidades y procesos. A su vez, incorpora la retroalimentación como una herramienta clave para que los estudiantes puedan reconocer sus fortalezas y aspectos a mejorar.
En ese marco, la calificación numérica se resignifica. La propuesta de Anijovich contempla el recorrido del estudiante en la construcción de la nota final, de modo que el proceso tenga un peso significativo frente al resultado puntual. Así, la evaluación deja de ser una instancia de cierre para convertirse en una herramienta de acompañamiento.
Hacia una mirada más integral del aprendizaje
Lejos de plantear soluciones mágicas, Abrazar la diversidad en el aula invita a revisar prácticas desde una perspectiva posible y situada. Se trata de pequeños desplazamientos que, sostenidos en el tiempo, pueden transformar la experiencia escolar tanto para docentes como para estudiantes.
En esa línea, Anijovich propone correrse de una mirada centrada exclusivamente en los resultados, para poner el foco en los procesos, los vínculos y las trayectorias.
“No debiera ser un tema la discusión por la calificación. Sabiendo que todo el mundo pone los ojos sobre la calificación, hay que ir aprendiendo a despegarse un poquito. No mirar solo la calificación, mirar cómo llegaste hasta ahí. Porque finalmente, la pregunta es, si yo te digo a vos que sos un 7, ¿te dice algo de vos? A mí no me dice nada. ¿No es mejor que ese 7 te venga acompañado de una identificación de cuáles son tus fortalezas, tus debilidades, la estrategia que mejor te funciona? Lo que todavía creés que tenés que mejorar, pero también lo que ya sabés que hacés muy bien”.

