La doctora en Educación Graciela Cappelletti reflexionó sobre el sentido pedagógico de la evaluación, la importancia de las devoluciones docentes y los desafíos que plantea la Inteligencia Artificial en las aulas.
La evaluación continúa siendo uno de los aspectos más sensibles dentro de la experiencia escolar. Para estudiantes y docentes, muchas veces aparece asociada al miedo, la presión o la necesidad de traducir aprendizajes complejos en una calificación numérica. Sin embargo, para la doctora en Educación y especialista en Magister Graciela Cappelletti, la evaluación debería pensarse como una herramienta de acompañamiento y construcción pedagógica, más que como un mecanismo de control.
Evaluar más allá de la calificación
Uno de los principales problemas, según explicó, es que socialmente la evaluación suele quedar reducida a la idea de examen o instancia de prueba. Esa lógica, sostiene, termina generando una relación de tensión tanto para estudiantes como para docentes.
“Lo que se pone en juego es una situación de poder en donde alguien va a medir con alguna herramienta que, con suerte, puede ser que está bien lo que aprendió. Eso desde la perspectiva del alumno, desde el estudiante. Otro me va a estar mirando, quién sabe qué, cómo lo va a mirar, y yo voy a tener que estar a la altura de esa circunstancia”, señaló.
Al mismo tiempo, remarcó que los docentes también quedan atrapados en una dinámica institucional que exige cerrar notas, boletines y calificaciones. “Entonces, es como que se arma todo un circuito muy complejo en relación con la evaluación que más tiene que ver con las instancias de prueba e instancias de calificación”, agregó.
En esa línea, destacó la importancia de contemplar no solamente el resultado final, sino también el recorrido de cada estudiante. “Poder evaluar el proceso, ver de dónde partió el estudiante y hasta dónde llegó también es parte de lo que uno podría referir como justicia en términos de proceso”, explicó.
Para la especialista, no es equivalente el desempeño de un estudiante que atravesó dificultades, necesitó múltiples intentos y sostuvo el esfuerzo durante el recorrido, que el de otro que logró resultados satisfactorios desde el comienzo. Por eso, sostiene que una evaluación justa debe contemplar contextos, trayectorias y procesos de aprendizaje.
Qué caracteriza a una buena evaluación
Cappelletti también se refirió a las condiciones necesarias para construir prácticas evaluativas de calidad. La primera, explicó, es la coherencia entre enseñanza y evaluación. “Una buena evaluación es coherente con la enseñanza. O sea, evalúo lo que enseñé. Eso, te diría, es lo primero que tengo que hacer. Evalúo lo que te enseñé para ver cómo vos podés dar cuenta de eso”, afirmó.
A su vez, señaló que los criterios de evaluación deben ser explícitos y conocidos por los estudiantes antes de realizar cualquier actividad. “Lo segundo, de una buena evaluación, es que te cuento cómo voy a mirar tu producción, o tu actividad, o lo que sea que haga. Es decir, explicito los criterios. Los acuerdo con vos. Vos no venís con miedo y no sabés qué te esperás”.
La tercera dimensión clave, indicó, “es que puedas ofrecer una retroalimentación que le permita a ese chico, o chica que rindió ese examen, saber dónde está. Y ofrecerle algún acompañamiento, alguna herramienta, algún consejo para que pueda mejorar”.
Inteligencia Artificial y nuevas preguntas para la escuela
Durante la entrevista, la doctora en educación también abordó el impacto de la Inteligencia Artificial en las prácticas escolares y evaluativas. Lejos de centrar la discusión únicamente en el uso de herramientas como ChatGPT para resolver tareas, propuso ampliar el foco hacia preguntas más profundas vinculadas con la construcción de subjetividades.
“No todas las realidades son iguales, y hay chicos y chicas que no tienen acceso a Inteligencia Artificial. Y entonces nos ponemos como a segmentar”, advirtió. Sin embargo, consideró que el problema principal no pasa por si un estudiante utiliza IA para responder una consigna puntual, sino por el lugar que estas tecnologías empiezan a ocupar en la construcción de decisiones, recorridos y criterios dentro de la educación.
“Yo creo que a lo que hay que tenerle miedo en la IA no es a las evaluaciones. O sea, no es a una tarea concreta. Sino a cómo la IA subjetiva construye identidades en nuestros estudiantes”, reflexionó. En ese contexto, sostuvo que el desafío docente pasa por diseñar propuestas que promuevan pensamiento crítico, producción propia y procesos de reflexión que no puedan resolverse únicamente mediante la reproducción automática de información.
En definitiva, Cappelletti planteó que evaluar implica mucho más que asignar una nota: supone acompañar procesos, intervenir pedagógicamente y habilitar nuevas posibilidades de aprendizaje.
“Todas las investigaciones dicen que lo que hace que pueda cambiar el recorrido de aprendizaje de los estudiantes son las devoluciones que los docentes les damos de las actividades, de las propuestas que ellos van realizando. O sea, imaginate el superpoder que como docentes tenemos para habilitar que los chicos y las chicas, adolescentes, de 3 años, de 5, de 25, puedan más. Lo que pasa es que, claro, es muy difícil meterte a ver adentro de un aula, en términos de investigación, cómo eso sucede. Pero todos los que enseñamos sabemos que, muchas veces, una intervención que le hago a un estudiante en un momento especial le cambia su recorrido”.

