Leila Daleffe propone pensar el arte en el nivel inicial como un derecho y una herramienta de expresión. En entrevista con Asuntos Docentes, profundizó sobre su libro “Proyecto anual. La muestra de arte en el jardín“, una guía colaborativa para los docentes que detalla cómo proyectos planificados pueden trascender el aula y transformar a las familias.
En el nivel inicial, el arte suele quedar atrapado entre la urgencia del calendario escolar y la exigencia de mostrar resultados. Sin embargo, para Leila Daleffe, docente, directora y creadora de Mundo Inicial, el verdadero desafío es restituirle al arte su lugar como derecho. Situarlo como lenguaje propio de las infancias. Desde esta mirada, su trabajo busca correrse de la lógica centrada en el producto final para poner el foco en los procesos.
El arte en el jardín no se trata de producir algo lindo para exhibir, sino de habilitar experiencias significativas donde cada niño y cada niña pueda expresarse, explorar y construir sentido.
Del producto al proceso: un cambio de mirada
“Cuando uno muestra lo que hizo, el acento se pone en lo que las infancias pueden producir, y lo que uno puede producir con las infancias. En cambio, cuando vos hacés para mostrar, caés en hacerlo rápido, en que tiene que estar perfecto… y ahí es cuando se nos va todo al tacho”, advirtió la autora.
Este cambio de enfoque implica revisar prácticas arraigadas en la cultura escolar y que los docentes asuman el rol activo de garantes de derechos como el acceso a la cultura, a los lenguajes artísticos y a la posibilidad de crear sin moldes preestablecidos. En ese camino, el arte deja de ser contenido aislado y se convierte en una herramienta transversal que potencia la creatividad, la observación. Incluso la imaginación y la capacidad de comunicar emociones, especialmente en contextos atravesados por la actualidad social, se benefician de este modelo.
Para sostener este enfoque en el tiempo, Daleffe subrayó la importancia de una planificación institucional sólida. Pensar el proyecto desde el inicio del ciclo lectivo, idealmente desde febrero, evita la improvisación y libera al equipo docente de tareas superficiales que desvían el foco de lo pedagógico.
Esta planificación, además, habilita la posibilidad de abrir la escuela a la comunidad a través de muestras de arte. De esta forma, este tipo de actividades se convierten en una instancia pedagógica en sí misma. Un momento donde no solo se comparten producciones, sino donde se reconstruye el recorrido, se reflexiona sobre lo aprendido y se amplía el alcance de la institución educativa más allá del aula.
La escuela que se abre: el arte como puerta a la comunidad
“En esta instancia de apertura a la comunidad, en abrir las puertas, nosotros lo que hacemos es multiplicar el efecto colateral de la escuela”, explicó Daleffe. Ese efecto colateral al que hace referencia tiene que ver con que, cuando las familias participan, observan y dialogan en los procesos educativos, también aprenden. En ese intercambio, la escuela deja de ser un espacio cerrado y se convierte en un actor activo dentro de la comunidad.
La mirada de la autora resignifica el producto final de la labor docente, y las muestras artísticas. “Para mí, el producto final de mi proyecto es la infancia misma. Ese pibe, esa niña que sale del jardín con todo lo que se lleva adentro. Con todo lo que yo pude promover, con todo lo que yo pude poner dentro de ellos. Las palabras, los recursos, las imágenes, las obras de arte. Ese es mi producto final”.
En definitiva, la propuesta de Leila Daleffe invita a repensar el lugar del arte en la educación inicial. No como un complemento, sino como un eje estructurante. Un lenguaje que no solo forma a los chicos y chicas, sino que también tiene el potencial de interpelar y transformar a toda la comunidad educativa, y trascender los límites de la institución. Ante esta realidad, las palabras de la autora adquieren un enorme peso.
“Muchas familias aprenden a través de sus hijos. Es decir, sus hijos se transforman en maestros para sus familias. Familias que no conocen lo que fue Picasso, lo que fue Vincent Van Gogh, lo que fue Leonardo Da Vinci, y lo aprenden a través la escuela. ¿Cómo puede uno mirar para otro lado cuando tenés la posibilidad de enseñar también a los otros? Yo no me puedo conformar con 27 niños en la sala, si puedo educar a una comunidad entera. Ahí es donde, para mí, está la clave. En aunarse, y pensarse como un verdadero equipo, y decirse ‘nos ponemos al hombro educar a toda la comunidad’, que es mucho más rico que educar solamente a las infancias”



