Muchas veces los docentes de otras áreas no sabemos reconocer la importancia de la música para el desarrollo de nuestros alumnos, ni como incorporarlo a nuestras clases. Por eso propongo que reconozcamos e implementemos música en nuestras clases para mejorar el aprendizaje significativo de nuestros alumnos. La música ha acompañado a la humanidad desde sus formas más primitivas, como lo demuestran las flautas de hueso halladas en yacimientos prehistóricos, sugiriendo que el ritmo y la melodía son parte esencial de nuestra arquitectura como especie. En este Día del Músico, es fundamental que como docentes reflexionemos sobre cómo esta herramienta milenaria puede convertirse en el motor de un aprendizaje verdaderamente significativo en el salón de clases.

Desde la perspectiva de la neurociencia, hoy sabemos que la música no se procesa en un rincón aislado del cerebro, sino de forma sinfónica, activando simultáneamente la corteza auditiva, el lóbulo frontal, el cerebelo y el sistema límbico. Esta activación masiva explica por qué la música tiene un poder superior incluso al de las imágenes para evocar recuerdos y emociones. De hecho, los estudios han demostrado que el cerebro de quienes practican o se exponen con frecuencia a la música desarrolla una corteza cerebral más grande y un aumento en la masa blanca, lo que facilita enormemente las conexiones para futuros aprendizajes.
En el día a día del aula, la música actúa como un catalizador de la memoria automática; es esa fuerza que permite que un niño recuerde la letra de una canción casi por reflejo, incluso cuando otros conceptos le resultan difíciles de retener. Su vínculo con el lenguaje es tan profundo que existen terapias donde pacientes con dificultades de habla logran cantar antes de poder articular palabras, demostrando que la música llega a lugares donde el lenguaje por sí solo no puede entrar. Además, integrar elementos sonoros en la enseñanza no solo mejora la concentración —al punto de qué cirujanos la utilizan para bloquear distracciones—, sino que también potencia la escritura creativa y el dominio de nuevos idiomas al facilitar la memorización de ritmos y rimas.
Sin embargo, el aporte más valioso para nosotros los educadores reside en la dimensión emocional. Muchas veces el aprendizaje se bloquea por pensamientos de enojo, tristeza o frustración que ocupan espacio mental y anulan la atención. Es aquí donde la musicoterapia educativa se presenta como una aliada, permitiendo que el alumnado explore su propio ser y descubra el origen de sus bloqueos a través de la improvisación o el análisis de canciones. Se ha comprobado que el uso de la música como apoyo académico es igual de poderoso que la atención individualizada, gracias al efecto lúdico que genera en los estudiantes.
Al final, celebrar al músico es también celebrar la capacidad de conectar con nuestras emociones para transformar la realidad del aula. Cuando un docente logra que el estudiante vincule lo que aprende con su propio desarrollo emocional a través de la música, el conocimiento deja de ser una carga y se convierte en un deleite. La música no solo nos ayuda a recordar o a concentrarnos; nos ofrece un camino hacia el autoconocimiento y la responsabilidad sobre nuestro propio proceso de aprender. Que este día sea una invitación a dejar que la melodía entre en nuestras clases, no como un adorno, sino como el corazón de una educación que abraza tanto la razón como el sentimiento.
Dejo recursos bien simples para implementar en las clases de fondo, para analizar las emociones, para bajar la ansiedad y como ejemplo de método de estudio:
Para saber más:
https://www.usfq.edu.ec/sites/default/files/2020-07/0018_para_el_aula_06.pdf
https://ve.scielo.org/scielo.php?pid=S1316-49102009000100008&script=sci_arttext.


