La filósofa y doctora en Ciencias Sociales María Beatriz Greco participó del Congreso Pedagógico Internacional en Bogotá, donde reflexionó sobre la autoridad pedagógica, la enseñanza como vínculo emancipador y el papel de la escuela en la construcción de lo común.
“Estoy en Bogotá, en la Universidad Pedagógica Nacional”, contó Greco a Asuntos Docentes. En esa ciudad de Colombia se realiza desde hace nueve años la Semana de la Pedagogía, con actividades de nivel internacional. Ella fue invitada para “trabajar temas de autoridad, confianza, y transmisión entre generaciones”.
Durante su conferencia, Greco abordó una preocupación compartida por educadores de toda la región: cómo construir lo común en tiempos marcados por la exaltación de las diferencias. “Sugirió varias preguntas”, dijo. “El tema que ellos eligieron en esta oportunidad es ‘La educación, lo común, y lo público’. Es como si hubiera una fuerte preocupación aquí en Colombia, y creo que también para toda la región, en la temática de cómo hacemos lo común. En estos tiempos en que pareciera que hablar de diversidad de diferencias y la posibilidad de pensar las singularidades, al revés de lo que podríamos pensar, ha atentado contra la construcción de lo común”.
Frente a esa tensión, Greco propuso una clave de lectura: “Generar lo común reclama efectivamente alojar las diferencias. Lo común no es lo homogéneo, lo común no es lo idéntico. Sino que lo común se hace de diferencias. Y esa es la clave con la que venimos pensando, y con la que estuve trabajando la cuestión de la autoridad, de la transmisión y de la confianza”.
Desde esa perspectiva, la especialista subrayó la necesidad de pensar la autoridad pedagógica como una práctica emancipatoria. “Autoridad no es autoritarismo, sino todo lo contrario. Y autoridad pedagógica es aquella que funda procesos en otros y los hace crecer. Genera las condiciones para garantizar ese crecimiento”. En sus textos, esta distinción aparece como una constante: la autoridad que habilita, que mira, que reconoce las singularidades, frente a la verticalidad que impone sin vínculo.
Con esa mirada, Greco se preguntó por el papel de la escuela. Citando al pedagogo español Jorge Larrosa, afirmó: “La escuela está para el mundo, para impedir que el mundo se deshaga”. Y agregó: “La escuela tiene que ver con la transmisión, la comunicación y la renovación del mundo. No está solo para la preparación para la vida, y tampoco está para la socialización. Para ese proceso que consiste en hacer de los cachorros humanos miembros de una sociedad, de una cultura, de una forma de humanidad”.
Los “cachorros humanos”, explicó, son esos recién llegados que requieren un proceso de humanización: entrada en la cultura, simbolización, lenguaje. En ese sentido, la escuela no busca transformar el mundo, sino sostenerlo. “La escuela está para salvar al mundo”.
Para ello, las instituciones educativas median en las formas de relación con el entorno. Greco las clasificó en tres tipos: “las cosas del comer”, que se agotan en lo cotidiano; “las cosas de usar”, que funcionan como herramientas; y “las cosas del mirar”, que requieren distancia, juicio y pensamiento.
“La escuela hace que algunas de esas cosas no necesariamente sean útiles”, concluyó. “No necesariamente enseñamos todo lo que sea útil. Enseñamos las cosas para mirar. O mejor aún, enseñamos una manera de relacionarnos con las cosas en términos de una mirada, de una puesta a distancia. De una admiración. Y eso, dice Larrosa, es lo que preserva el mundo”.
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