¿Docencia y paz son posibles?

¿Docencia y paz son posibles?

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En el Día de la Paz, se nos pide que hablemos de armonía y resolución de conflictos mientras lidiamos con aulas saturadas, exigencias burocráticas que no dan tregua y el agotamiento propio de una profesión que nunca se desconecta del todo. Es difícil hablar de serenidad cuando el reloj corre y el programa nos pisa los talones. Sin embargo, quizás el primer paso para enseñar la paz sea dejar de verla como un ideal lejano y empezar a entenderla como el “clima” que logramos generar a pesar del ruido. La paz en la escuela no es la ausencia de problemas, sino la forma en que decidimos tratarnos mientras intentamos resolverlos.

Nuestra profesión es, por definición, un acto de esperanza, pero también un desgaste constante. Por eso, buscar la paz hoy requiere que primero nos demos permiso a nosotros mismos para no ser perfectos. Un docente que llega al aula reconociendo su propio cansancio, que respira antes de responder a un desafío o que prioriza un abrazo sobre una lección de gramática cuando el grupo está roto, está haciendo más por la paz que cualquier discurso teórico. La paz se construye en las pequeñas grietas del sistema: en ese minuto de silencio que regalamos al empezar la clase para “aterrizar”, o en el cambio de tono cuando una discusión se sale de control.

Para bajar esta reflexión a la realidad cotidiana, no necesitamos grandes proyectos, sino rituales sencillos que humanicen el espacio. Podemos empezar, por ejemplo, implementando un “termómetro de entrada”. No quita más de tres minutos: cada alumno coloca una marca o un color según cómo llega emocionalmente. Esto no solo nos da información valiosa a nosotros, sino que les enseña a ellos que su mundo interno importa. Otra herramienta poderosa es transformar el lenguaje en el aula creando un mural vivo de “palabras puente” y “palabras muro”. Es un ejercicio visual donde identificamos juntos qué frases cierran el diálogo y cuáles lo abren, permitiendo que los chicos vean que la paz es, en gran medida, una elección léxica.

Finalmente, podemos instaurar el “círculo de reparación”. En lugar de buscar culpables y castigos cuando algo sale mal, enfoquémonos en cómo arreglar el daño. Preguntar “¿qué necesitas tú para sentirte mejor?” y “¿qué puedes hacer tú para compensar lo ocurrido?” traslada la responsabilidad al alumno y quita el peso del conflicto de los hombros del docente. Al final del día, educar para la paz es recordarle a nuestros estudiantes —y recordarnos a nosotros mismos— que, aunque el mundo de afuera sea a menudo caótico y exigente, el aula puede y debe ser ese oasis donde todavía es posible la palabra, el respeto y la pausa. Les dejo una herramienta para tratar de resolver los conflictos de forma más pacífica:

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