“Toda nomenclatura atrasa el reloj sin cuadrante del ritmo que es la vida”. Roberto Juarroz
En los últimos años, tal vez alimentada al calor de una pandemia que no sólo puso en jaque nuestra vida cotidiana sino que nos confrontó con el desamparo estructural de la condición humana, advertimos la tendencia al autodiagnóstico de trastornos asociados a la salud mental, particularmente en la población adolescente.
Una búsqueda en internet resulta más que suficiente para comprender cómo estos entornos ponen el autodiagnóstico al alcance de los sujetos, “a tan sólo un click”: “Descubre cómo los rasgos del TDAH influyen en tu concentración, energía y rutinas diarias. Obtén información personalizada sobre tus patrones únicos y da pasos hacia una mejor gestión”. “Descubra su perfil de autismo”. “Este quiz[1] te dirá cuál es tu porcentaje de bully. Si te lo han dicho, es hora de que te auto evalúes”. “Descubra su perfil de autismo. Explora cómo los rasgos asociados con el autismo influyen en tus comportamientos e interacciones”. “Asperger. Test fácil de personalidad en cinco minutos. Descubre tu verdadero yo con el test más preciso”. “¿Alguna vez te has sentido identificado con algunas de las facciones que aparecen en Bully? Descubre la facción con la cual corresponde tu personalidad mediante este test”. “Eres 23% bully. No eres nada bully, eres alguien empático a quien no le hace sentir placer el sufrimiento de los demás. “Test para niños y jóvenes que aún no saben que son agresores”.
Hace ya tiempo que diferentes colectivos preocupados por los derechos de las infancias y adolescencias (docentes, psicoanalistas, pediatras, entre otros) alzan sus voces para advertirnos sobre la alianza entre las pseudociencias y los intereses de la industria farmacéutica que orienta la elaboración de los DSM “Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales”, de la Asociación de Psiquiatría Americana (APA). La primera edición data de 1952 y fue creada con el fin de facilitar la comunicación y articulación entre los profesionales de la práctica clínica, su uso fue extendiéndose a lo largo de sus sucesivas ediciones y actualmente constituye una suerte de “discurso dominante” en relación con las clasificaciones de las patologías mentales no sólo en Estados Unidos, sino además en una gran cantidad de países de Europa y Latinoamérica, entre ellos el nuestro.
La novedad es que la patologización ya no proviene sólo de la institución escolar ni de la institución médica, sino que son las familias e incluso los sujetos quienes se nombran a través de un rasgo que los fija y estigmatiza, luego de autodiagnosticarse a través de un test en las redes. Si tiempo atrás, eran los médicos o incluso los docentes quienes debían completar listas de observación conductual sobre las cuales se establecía el diagnóstico , hoy son los mismos sujetos.
La banalización del acto de diagnosticar es, a todas luces, notable. Cuando el diagnóstico se obtiene en las redes, no se cuenta con un profesional de la salud que se haga responsable ni del diagnóstico ni de las consecuencias que pueda tener en la subjetividad. Porque por más que en ocasiones el resultado advierte que no es un diagnóstico y recomienda asistir a un profesional, funciona como tal cuando encuentra repercusión en sujetos que buscan precisamente eso: “un modo de nombrarse y ser nombrado”.
En tiempos de tecnologías digitales, cuando cualquier acto se encuentra a tan sólo un click de su concreción y parece no haber imposibles, quien busca un diagnóstico lo encuentra. Gran parte de los tests se encuentran encabezados con la expresión “Yourself” o, en español, “Tú mismo”. “Descubre a través de un test quién eres tú mismo” pareciera ser la fórmula que los orienta. Y si la búsqueda para descubrir quién es uno mismo en las redes da cuenta de cierta dificultad de los sujetos para construir recursos identificatorios, el rápido encuentro con una etiqueta pareciera constituirse como un intento de resolución identitaria fallido. La vulnerabilidad se profundiza.
El paradigma conductivo conductual: de los DSM a los tests en las redes
Los DSM constituyen manuales de clasificación de las enfermedades mentales en categorías preestablecidas o, en sus propios términos, “trastornos”. Diversos estudios demostraron la existencia de fuertes vínculos financieros entre la industria farmacéutica y los miembros de los comités que fueron convocados para la revisión de sus sucesivas ediciones. Sus consecuencias son previsibles: la patologización y medicalización de las infancias, que se expresan en la inflación o el crecimiento exponencial de diagnósticos y de administración de psicofármacos, porque preciso es señalar que estos manuales no sólo clasifican los trastornos, sino que prescriben medicaciones y terapéuticas predeterminadas para cada uno de ellos. En particular, la cuarta edición fue cuestionada por la patologización y medicalización de la infancia.
Los términos “patologización” y “medicalización” refieren a la clasificación de situaciones de la vida cotidiana como cuadros patológicos y, al consecuente abordaje a través de prácticas médicas de problemas relativos a otros campos como podría ser el pedagógico. En nuestro país fue un caso testigo el sobredimensionamiento de los diagnósticos de TDAH o trastorno por déficit de atención e hiperactividad, en niñas, niños y adolescentes, una conocida categoría del manual norteamericano. En ese entonces, fueron los docentes quienes, no sin oponerse y resistirse, debían completar cuestionarios de observación conductual, en base a los cuales se establecía el diagnóstico.
Por otra parte, la clasificación a través de categorías estandarizadas desconoce o reduce la complejidad de la subjetividad a la vez que redunda en un acallamiento de la singularidad de los síntomas, de lo que hay de propio en cada sujeto y en sus padecimientos.
Al respecto, son elocuentes las palabras de Beatriz Janin, psicoanalista y miembro de Forum Infancias, “La patologización de la infancia y la adolescencia, que deriva en tratamientos en los que se medica para tapar trastornos y para no preguntarse acerca del funcionamiento de los adultos y de la sociedad en su conjunto. Son movimientos de deshumanización, de descualificación, de no-reconocimiento (…). A la vez, se utilizan manuales como el DSM o el CIE como catálogos para diagnosticar, lo que lleva a que un niño sea designado por los síntomas que presenta perdiendo así su identidad. Así, si un niño se mueve es ADHD, si tiene tics es Trastorno por Gilles de la Tourette, si está triste tiene un Trastorno Bipolar. Y cada uno tiene la medicación correspondiente. Es diferente describir y objetivar síntomas “cuantificables”, que delimitarán un “cuadro”, a darnos tiempo e investigar para comprender algo de lo que le ocurre a ese niño”[2].
El paradigma conductivo conductual orienta tanto la elaboración de los DSM como los cuestionarios de autoinforme que circulan en las redes. Dicho paradigma se centra en un análisis fenomenológico y empírico de las conductas de los seres humanos, ignora la complejidad de la constitución subjetiva que escapa a la comprensión a través de una simple observación conductual, desconoce la concepción del inconsciente descubierta por Sigmund Freud como uno de los factores determinantes del comportamiento humano. Es decir, ignoran la escisión o división estructural y fundante de la subjetividad. “El yo no es dueño y señor en su propia casa”, decía el mismo Freud en su texto “Una dificultad del Psicoanálisis” (1917). Desde esta última concepción, resulta difícil pensar en un sujeto no escindido, libre de conflicto y capaz de autodiagnosticarse y autogestionarse, como prometen los test desde las pantallas.
Demás está decir que las variables de observación conductuales en los DSM como en los cuestionarios de autoinforme en las redes, no son de ningún modo unívocas y podrían dar cuenta de otras situaciones que atraviesa un sujeto, incluso aquellas propias de la vida cotidiana, contingentes, no necesariamente de un trastorno que lo fija como tal. Si hacemos la prueba de realizar algunos de estos tests nos encontraremos con ítems tales como:
“A menudo me resulta difícil iniciar una conservación con gente nueva”, “Prefiero pasar tiempo a solas que participar en reuniones sociales”, “Me siento incómodo o ansioso en grupo”, “Tengo dificultad para mantener el contacto visual en las conversaciones”, “Suelo tomarme las cosas al pie de la letra y me cuesta entender las bromas o el sarcasmo”.
Por más que nos adviertan que la información obtenida no se puede ni se debe utilizar de forma aislada para establecer un diagnóstico, lo cierto es que puede darse el caso de sujetos que respondan positivamente a estos signos y ello no significa que posean un trastorno.
Si un niño o un adolescente no se adapta a las normas, no presta atención en clase, deambula por el aula, desafía a sus docentes o provoca a sus compañeros, se abre un desafío para la escuela. Etiquetarlo como portador de algún trastorno puede resultar tranquilizador, pero es un atajo que muy difícilmente resuelva la situación. “En casa tengo un TDAH de libro” afirma la madre de un niño así diagnosticado, y en esa afirmación clausura toda posibilidad de escucha y comprensión, a la vez que toda reflexión acerca de la responsabilidad de las personas adultas.
Llevada por la curiosidad completé uno de los tests, ficcionando las respuestas. Me encontré con la siguiente leyenda: “Alto índice de tener Síndrome de Asperger. Esto no es un diagnóstico definitivo pero muestra la importancia de leer más sobre el tema o contactar con un especialista. Existen muchos adultos con Asperger que nunca han sido diagnosticados y este podría ser tu caso”. La leyenda conduce a la recomendación de un libro. En otro caso, obtuve como respuesta: “Tu informe como tipo de personalidad está listo. Se requiere una tarifa de evaluación para nuestra prueba de personalidad de vanguardia”. No avancé, pero posiblemente me habría encontrado con una nueva tarifa para recibir recomendaciones sobre cómo autogestionarse o alguna recomendación de tratamiento terapeútico. Un negocio lleva a otro.
La alianza entre la pseudociencia y la colocación de productos en el mercado no es nueva. Ya la encontramos en los DSM, como estrategia de comercialización de psicofármacos y tratamientos conductuales. Hoy retorna como estrategia de marketing de un libro, de un informe sobre tu propia personalidad, entre una lista de productos a la venta que puede ser interminable.
La patologización y medicalización no son fenómenos nuevos. Entonces, ¿qué es lo nuevo? Lo accesibles que se encuentran los diagnósticos estandarizados cuando todo está a tan sólo un click, la posibilidad de “obtener” un diagnóstico sin la intermediación de un profesional de la salud, la necesidad de los sujetos de nombrarse a través de una etiqueta que buscan en las redes. La ilusión de posibilidad de ser uno mismo quien descubre su personalidad cuando ésta se reduce a un diagnóstico (no parece casual la invitación a “descubrir” quien es uno mismo que encabeza gran parte de los tests: “Your self”). Nuevo es el sujeto que “se diagnostica” a sí mismo.
Cuando la identificación es al estigma
“Soy bullying”, se presenta un adolescente. “Soy un TDH” expresa un joven en las redes. El sujeto queda reducido a ser el estigma, ya no es el portador del trastorno, ni un trastornado, sino el mismo trastorno. ¿Qué lleva a los sujetos a identificarse tan prontamente al estigma?, ¿a asumir incluso de buen grado una etiqueta que lo rotula?, ¿por qué tranquilizan diagnósticos que estigmatizan?, ¿qué lleva a las familias, incluso a los mismos sujetos, a nombrarse ya no sólo como quien padece un trastorno sino como el trastorno en sí mismo?
“Este soy yo jajaja…ahora río un poco…la verdad es que también me hizo llorar, es difícil pero a la vez reconfortante ver que todo lo que me pasa es un problema que tengo y no pensar que el problema soy yo”. El testimonio de un joven que se auto diagnosticó como TDAH en las redes es esclarecedor. Sus palabras nos muestran cómo el sostenerse de un diagnóstico, una etiqueta con la cual se nombra, puede ser un recurso defensivo que al mismo tiempo que lo alivia, le obtura y le ahorra confrontarse con la pregunta “¿qué puede haber de mí en esto que me pasa?”.
¿Cómo saber si tienes Asperger? Haz el test gratis. “Descubra su personalidad- Tus rasgos de personalidad están influenciados por tu biología, pensamientos, entorno, etc. Cuando los sigues, empiezas a sentirte cómodo en tu propia piel”.
¿Qué puede haber de reconfortante en el hecho de ser diagnosticado con un trastorno mental? ¿Qué puede llevar a “sentirte cómodo en tu propia piel” al encontrarte con un diagnóstico de Asperger? Es preciso comprender que las etiquetas, aun al costo de la reducción del sujeto a un único rasgo, en ocasiones peyorativo, cumplen una función: posibilitan a quienes las portan encontrar un modo de ser nombrado y reconocido. En tiempos en que resulta complejo construir identificaciones sólidas y a largo plazo, aferrarse a un modo estigmatizante de ser nombrado puede ser una resolución, pero decíamos anteriormente que es una resolución fallida, que no hace más que profundizar la vulnerabilidad.
Y es fallida, por un lado, porque tiene un alto costo: el borramiento de lo singular. La explicación a través de una categoría estandarizada vela la dimensión subjetiva y clausura la pregunta por su propia responsabilidad en relación con el malestar que lo aqueja. Por otro lado, es una resolución que puede anclarlo a una posición de minusvalía, en tanto no le habilita un buen lugar en el entramado social desde el cual hacer lazos con los otros. “Me salió bully, me encanta molestar, hacerlo por diversión, me gusta estar fortalecido, no ser un enclenque” expresa con satisfacción un joven en las redes. La identificación al bully pareciera responder a un intento fallido de restitución de su imagen. Prefiere ser nombrado como el joven violento, provocador, poderoso o temido, y no como el “enclenque”, según sus propias palabras.
La tendencia a autodiagnosticarse en las redes es previa a la pandemia, ya la había advertido una década atrás cuando coordinaba el Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas, una iniciativa conjunta del Ministerio de Educación de la Nación y la UNSAM. Sin embargo es probable que se haya recrudecido en tiempos en que el futuro se presenta incierto, cuando no amenazante, en tiempos en que se interrumpieron los espacios de socialización viéndose el lazo afectado y, en consecuencia, las posibilidades de construir recursos identificatorios que permitan a los sujetos ser reconocidos por un rasgo que los vuelva únicos e irrepetibles.
La escuela como posibilidad de ofrecer recursos identificatorios
En “Psicología de las masas y análisis del yo” (1920), Freud define la identificación como el lazo más temprano entre un individuo y otro, que resulta estructurante de la constitución identitaria y es, a la vez, el basamento del lazo social. Cuando una figura referencial se instala como modelo en la constitución subjetiva, hablamos de una identificación por la vía del ideal. En tanto supone un modelo, un ser a construir, este modo de identificación se caracteriza por su alta capacidad simbólica para orientar a los sujetos, para demandar la renuncia a la satisfacción inmediata de las pulsiones al servicio del lazo. Pero esa renuncia no es sin nada a cambio: vuelve posible a los sujetos ser parte de una cultura, incluirse en el entramado social. En este sentido decimos que son identificaciones sólidas.
Ahora bien, en tiempos en que las instituciones de la modernidad, el estado, la escuela y la familia, se han visto conmovidas en su eficacia para producir y sostener un orden simbólico, para proponer a las nuevas generaciones un ideal al cual identificarse, el sujeto construye otras identificaciones más efímeras e inestables o bien, tan rígidas que reducen la subjetividad a un único rasgo estigmatizante. Si décadas atrás “ser alguien” refería al deseo de estudiar, en los 90 lo hacía a “tener” las zapatillas de una determinada marca, y hoy “ser alguien” puede ser portar un trastorno, ya sea TDAH, Asperger o Bully.
El problema es que estas identificaciones, lejos de poseer capacidad para orientar a los sujetos al servicio del lazo, petrifican o cristalizan identidades. En épocas de identificaciones líquidas, que se desvanecen en el aire, parece más bien un esfuerzo de los sujetos de hacer consistir lo inconsistente.
Pero es importante que comprendamos que aún a un alto costo, son identificaciones que tienen una función en la constitución subjetiva, por lo tanto difícilmente los sujetos puedan separarse de ellas en la medida en que no encuentren otras representaciones a las cuales identificarse.
Ésta es la función de la escuela: ofrecer recursos identificatorios. Siempre, pero más aún cuando la pandemia reedita la vulnerabilidad estructural de la condición humana y el futuro no se presenta como una promesa que ofrecemos a las jóvenes generaciones. En un mundo en el que es complejo construir identificaciones sólidas y a largo plazo, es necesario comprender que niñas, niños, adolescentes pueden encontrar resoluciones fallidas y que es nuestra responsabilidad como personas adultas ayudarlos a construir otros recursos identificatorios, apostar a que todos y cada uno encuentren un modo de ser nombrados y reconocidos.
[1] La traducción de quiz es prueba.
[2] En ¿Aumento de la psicopatología en el Siglo XXI? Tercera Jornada de ASMI, Malestar Infantil.
Por Ana Campelo


