Cuando trabajamos con el concepto de cuerpo, muchas veces quedamos atrapados en una mirada biológica, pero hay mucho más que ver un cuerpo como si fuera una máquina. Las exposiciones del III Encuentro Nacional de Investigación sobre el Cuerpo nos han recordado que el deporte y la actividad física son mucho más que un simple paréntesis en la jornada escolar: son territorios de resistencia, sanación e identidad.
Del “cuerpo-máquina” al “cuerpo-cuaderno”
Durante años, la educación física y la enseñanza del cuerpo se centró en el “cuerpo-máquina”, enfocado en el rendimiento medible y la salud puramente biológica. Sin embargo, hoy entendemos que el cuerpo es un “cuaderno” o lienzo donde cada niño escribe su propia historia a través del movimiento. El deporte en la infancia no debe ser una instrucción mecánica de reglas, sino una apertura al encuentro con los otros y con las propias emociones. Como docentes, debemos ver en la actividad física una “pedagogía de la solicitud”, reconociendo a cada estudiante como un haz de posibilidades.
Para quienes trabajamos en entornos difíciles, el deporte se presenta como una herramienta de paz inigualable. Investigaciones en localidades con trama social compleja destacan cómo la actividad física ayuda a niños afectados por el conflicto a resignificar su cuerpo, dejando de ser un territorio vulnerado para convertirse en un espacio de convivencia sana. Bajo una dirección pedagógica que pone énfasis en las emociones, el deporte permite que los jóvenes aprendan control corporal y respeto, alejándolos de la violencia callejera y construyendo una masculinidad más empática.
También, sobre todo cuando hablamos de infancias femeninas, se empieza a introducir el concepto de movimiento y actividad física no como algo que incremente sus capacidades y le dé una relación mejorada de cuerpo-mente. Sino que el impacto de la cultura de la dieta y el peso relaciona el ejercicio únicamente con el descenso del peso. Eso lleva a que, con el tiempo, las niñas y mujeres se alejen del deporte. Muchas veces, este alejamiento del deporte genera también la idea de que las niñas que no se amolden a los cánones de belleza vigentes odien sus cuerpos y lo lleven al terreno de verlo como si fuera un objeto más a amoldar. Sin ver su propia capacidad real de resistencia, dominio de su fuerza, agilidad, etc.
Rompiendo moldes y géneros en el juego
El patio es también el escenario donde desafiamos los estereotipos de género. Prácticas como el, Ultimate Frisbee es descrito en las fuentes no solo como una disciplina atlética, sino como un movimiento deportivo y social diverso que ha experimentado un crecimiento muy importante en los últimos años en Colombia. Está permitiendo que las niñas se sientan dueñas de sus cuerpos y emociones, lejos de los estándares tradicionales de belleza o sumisión. Al moverse y competir, ellas ejercen un acto de autonomía y reconocimiento, transformando el espacio deportivo en un lugar de empoderamiento femenino.
Hacia una revolución pedagógica
Compañeros, el desafío es integrar esta visión en nuestro quehacer diario; necesitamos una “revolución pedagógica” que reconozca el valor emocional de la corporalidad. Educar el oído, el tacto y el movimiento en el deporte es, en esencia, educar para la libertad. No permitamos que la escuela sea un lugar de “cuerpos enjaulados”, sino un espacio donde el niño se hace mundo a través del juego.


